Palantir se ha convertido en una de las empresas de tecnología más reconocibles que trabajan con el gobierno de EE. UU.(nueva ventana) Su software lo utilizan organizaciones militares y de inteligencia, mientras que su trabajo con agencias policiales y de inmigración la ha convertido en el centro de los debates sobre privacidad y libertades civiles en torno a la vigilancia gubernamental.
En términos generales, el software de Palantir(nueva ventana) ayuda a las organizaciones a conectar y dar sentido a grandes cantidades de datos existentes. Esa capacidad puede ser útil tanto para empresas como para gobiernos, pero sus aplicaciones adquieren mayor trascendencia cuando los datos involucran operaciones militares, labores policiales o aplicación de leyes migratorias.
La influencia de Palantir va más allá de la empresa misma. Un grupo creciente de start-ups de defensa y vigilancia ha surgido de la misma red de exempleados, inversionistas y ejecutivos de Palantir. Algunas fabrican armas. Otras crean el software que conecta sensores, drones, bases de datos y personas. Varias trabajan directamente con Palantir o con los mismos grandes contratistas de defensa que han abastecido al ejército de EE. UU. durante décadas.
A esta red se le podría llamar la «Palantir Mafia», tomando prestado el término que alguna vez se usó para los exalumnos de PayPal que llegaron a transformar Silicon Valley. Dentro de ella hay un grupo más pequeño con una conexión particularmente fuerte con la tecnología militar y de vigilancia.
Las empresas son distintas, pero el patrón es llamativo. Las personas dejan Palantir, llevan su experiencia en proyectos gubernamentales y militares a nuevos negocios y a menudo encuentran el capital y las relaciones necesarios para vender esos productos de vuelta a los gobiernos.
El resultado es una nueva capa del complejo militar-industrial, construida en torno al software, los datos, la inteligencia artificial y el capital de riesgo.
Conozca las empresas que difunden el modelo de Palantir
Aunque todas las empresas de la «Palantir Mafia» desempeñan funciones distintas, sus conexiones crean un patrón reconocible. Los exempleados de Palantir llevan conocimientos, relaciones y formas de trabajar a nuevas empresas de defensa, mientras que los inversionistas y los contratistas consolidados ayudan a esas empresas a llegar a clientes gubernamentales.
Epirus
Epirus, fundada por Joe Lonsdale (quien también cofundó Palantir), fabrica Leonidas, un sistema de microondas de alta potencia diseñado para desactivar drones. El sistema puede desplegarse en distintas configuraciones, incluso en vehículos, y se ha integrado con el vehículo de combate Stryker de General Dynamics Land Systems.
Epirus también se ha sumado al programa Warp Speed de Palantir, lo que les da a las empresas otra conexión directa.
Valinor
Valinor es más nueva y menos llamativa. Fundada por la exejecutiva de Palantir Julie Bush, la empresa se describe a sí misma como dedicada a resolver problemas «poco atractivos» en el ámbito de la defensa. Sus productos incluyen sistemas para drones y otra infraestructura militar, y su software puede conectarse con las plataformas de Palantir. El propio nombre es un guiño a las obras de J. R. R. Tolkien, que también inspiraron los nombres de Palantir y Anduril.
Valthos
Valthos adopta un enfoque distinto. La empresa desarrolla sistemas de inteligencia artificial destinados a detectar y prevenir ataques con armas biológicas. Su cofundadora y directora ejecutiva, Kathleen McMahon, fue antes directora de Ciencias de la Vida en Palantir. Valthos refleja una preocupación más amplia entre algunos ejecutivos de tecnología: que los avances en la inteligencia artificial y la biotecnología podrían facilitar la creación de amenazas biológicas.
Anduril
Luego está Anduril, la empresa más grande y más conocida de este grupo. Fue fundada en 2017 por tres exempleados de Palantir, entre ellos Trae Stephens, quien también es socio de Founders Fund. Sus productos incluyen drones de vigilancia y de combate, sistemas autónomos y Lattice, una plataforma de software que usa datos de sensores para identificar y rastrear objetos.
El crecimiento de Anduril muestra lo lejos que ha llegado este modelo. La empresa fue valorada en USD 61 000 millones tras una ronda de financiamiento en 2026, lo que la sitúa en una categoría financiera muy distinta de la de la mayoría de las start-ups de defensa.
Su tecnología también ha cruzado entre la seguridad militar y la seguridad interna. Lattice se ha usado en la vigilancia fronteriza, lo que demuestra que los sistemas desarrollados para la seguridad nacional pueden tener aplicaciones más cercanas al ámbito doméstico.
Kela
Kela, una empresa israelí de tecnología de defensa, sigue un enfoque similar que prioriza el software. Ofrece una plataforma que puede conectar drones, sensores y armas de distintos fabricantes en un solo sistema. Su cofundadora y presidenta, Hamutal Meridor, dirigió antes la operación de Palantir en Israel. Kela también ha conseguido contratos vinculados con el ejército israelí.
Rivet Industries
Rivet Industries fue fundada por David Marra, quien antes trabajó en Microsoft en un programa militar de cascos de realidad mixta. Marra pasó después un año en Palantir. Rivet ahora desarrolla sistemas portátiles para soldados. En 2025, el Ejército otorgó a Rivet un contrato de USD 195 millones del programa Soldier Borne Mission Command(nueva ventana), y la empresa trabaja en estrecha colaboración con Palantir. (nueva ventana)
Peregrine Technologies
Peregrine Technologies fue fundada en 2018 por Nick Noone, quien antes dirigía el negocio de Operaciones Especiales de Palantir en EE. UU. En Palantir, Noone trabajó con datos para identificar a miembros del ISIS en Siria. Después llevó esa experiencia a un pequeño departamento de policía en California, donde inicialmente creó la tecnología de Peregrine de forma gratuita antes de convertirla en un producto comercial.
Peregrine ahora proporciona software a cientos de agencias. Su plataforma reúne información a la que los departamentos de policía ya tienen acceso, lo que facilita la búsqueda y la visualización de datos de distintas fuentes.
De los campos de batalla extranjeros a la policía local
La propia historia de Palantir incluye un proyecto de vigilancia policial predictiva en Nueva Orleans. El sistema usaba información como registros de arrestos, publicaciones en redes sociales, contactos policiales y relaciones familiares para generar evaluaciones sobre la probabilidad de que una persona se viera involucrada en hechos de violencia. El proyecto fue examinado después por investigadores y organizaciones de libertades civiles preocupadas por la falta de transparencia y los riesgos de asignar puntuaciones de riesgo policial a las personas. El análisis de Harvard sobre la vigilancia policial predictiva(nueva ventana) ofrece contexto adicional sobre el sistema de Nueva Orleans.
Peregrine afirma que no opera un sistema de vigilancia policial predictiva de ese tipo. En cambio, según la empresa, ayuda a las agencias a organizar y visualizar información existente en lugar de añadir nuevas fuentes de vigilancia.
El problema es que la «información existente» puede ser igualmente extensa. Una vez que esos sistemas están conectados, la pregunta ya no se limita a lo que una empresa recopila por sí misma. Se convierte en una cuestión de qué información puede reunir un departamento de policía y qué conclusiones puede extraer de ella.
Esa es una de las partes más importantes del modelo de Palantir. Una empresa no tiene necesariamente que recopilar cada dato por sí misma para hacer más útil una gran cantidad de información.
Financiadas por Founders Fund
Hay otra conexión que atraviesa varias de estas empresas: Founders Fund.
Cofundada por Peter Thiel, la firma de capital de riesgo respaldó a Palantir y ha invertido en varias empresas de esta red más amplia o les ha dado su apoyo. Trae Stephens es especialmente importante porque se sitúa en la intersección de varias de sus partes. Trabajó en Palantir, llegó a ser socio de Founders Fund y ayudó a cofundar Anduril.
Eso hace que la red sea menos misteriosa. No se necesita una organización formal con carnés de membresía ni una oficina central. Los inversionistas compartidos, los excolegas y las relaciones gubernamentales ya existentes pueden generar muchos de los mismos efectos.
Founders Fund también ha sido inusualmente explícita sobre su filosofía de inversión. Su manifiesto sostiene que los emprendedores exitosos suelen tener lo que llama una «actitud casi mesiánica(nueva ventana)» y creen que su empresa es esencial para hacer del mundo un lugar mejor. También aboga por un pensamiento independiente y contrario a la corriente, en lugar de simplemente seguir al resto de la industria del capital de riesgo.
La defensa ha sido tradicionalmente un terreno difícil para el capital de riesgo. Las compras gubernamentales pueden ser lentas, los contratos son complicados y los contratistas consolidados ya cuentan con décadas de relaciones e infraestructura.
Las empresas de defensa más nuevas abordan el problema de otra manera. Llevan al mercado una cultura de software respaldada por capital de riesgo, desarrollo rápido de productos e ideas de tecnología de consumo, en un sector que históricamente ha estado dominado por grandes contratistas.
El dinero sigue a la oportunidad. Y el talento también.
Las start-ups no están reemplazando a los viejos gigantes de la defensa
Sería fácil contar esta historia como una simple batalla entre las start-ups de Silicon Valley y los contratistas de defensa tradicionales.
Epirus ha integrado su sistema Leonidas con el vehículo Stryker de General Dynamics, y General Dynamics Land Systems ha invertido en Epirus. Rivet menciona a Northrop Grumman como socio. Anduril ha integrado el radar de Lockheed Martin en su software de campo de batalla.
La relación se parece más a un ecosistema en expansión que a una adquisición hostil. Eso importa porque el crecimiento de las start-ups de tecnología de defensa no reduce necesariamente el papel de empresas como General Dynamics, Northrop Grumman y Lockheed Martin. Más bien, las start-ups pueden aportar nuevo software, sensores, armas e interfaces que pasan a formar parte de los sistemas militares existentes.
Esa distinción también cambia la forma en que deberíamos pensar en la disrupción. En la tecnología de consumo, una start-up a veces puede reemplazar a un actor establecido si crea un producto mejor y se queda con sus clientes. Las compras de defensa funcionan de otra manera. Una empresa nueva puede ganar un contrato y, aun así, depender de fabricantes consolidados, infraestructura militar y sistemas de compras gubernamentales.
El resultado puede ser un mercado más amplio en el que tanto las start-ups como los contratistas tradicionales se beneficien.
La magnitud de ese mercado ya es visible. En 2025, el Ejército de EE. UU. otorgó más de USD 350 millones para trabajos de pantallas virtuales para soldados, con fondos destinados tanto a Anduril como a Rivet. Las dos empresas pueden competir por contratos y, al mismo tiempo, crear productos que encajan en el mismo ecosistema tecnológico militar más amplio.
Las empresas no necesitan destruir el viejo complejo militar-industrial para cambiarlo. Pueden convertirse en otra capa dentro de él.
¿Quién decide en qué se convierte esta nueva industria militar?
Los gobiernos quieren mejor inteligencia, software más rápido, sistemas autónomos, armas antidrón y herramientas capaces de conectar enormes cantidades de información. En algunos casos, esas tecnologías pueden darles a los soldados o a los investigadores información que antes no podían obtener con facilidad.
Pero una mayor capacidad técnica también cambia el equilibrio de poder.
Cuando una empresa desarrolla software capaz de conectar bases de datos, sensores, cámaras, armas y agencias gubernamentales, la decisión técnica sobre lo que el sistema puede hacer se convierte en una decisión política sobre lo que los gobiernos pueden hacer.
Por eso, la historia de los ex empleados de Palantir importa más allá de una lista de start-up. La red muestra con qué rapidez puede circular el conocimiento especializado entre la inteligencia militar, las empresas privadas de tecnología, la labor policial interna y la vigilancia.
También muestra cómo el capital de riesgo puede influir en lo que se construye. Dwight Eisenhower advirtió sobre el complejo militar-industrial en su discurso de despedida de 1961(nueva ventana). Sostuvo que el país debía protegerse de la adquisición de «influencia injustificada» y advirtió que el crecimiento del poder militar e industrial podía poner en peligro los procesos democráticos. Terminó con un llamado a una «ciudadanía alerta y bien informada». (nueva ventana)
Más de seis décadas después, la tecnología ha cambiado, pero la pregunta de fondo sigue siendo la misma.
¿Quién tiene el poder de decidir cómo se construyen los sistemas militares y de vigilancia, dónde se despliegan, qué datos pueden usar y cómo se amplían sus capacidades? Esto se vuelve más difícil cuando los sistemas los desarrollan empresas privadas, los financian inversionistas y se venden mediante contratos gubernamentales que la mayoría de los ciudadanos nunca ve.
Las empresas que surgen de la órbita de Palantir no son una sola organización, y no todas tienen los mismos productos ni los mismos objetivos. Algunas construyen sistemas defensivos. Otras desarrollan herramientas para el trabajo policial. Otras buscan formas de conectar el hardware y el software militares.
Lo que las une es una red de personas, capital, tecnología y relaciones con el gobierno.
Esa red se está convirtiendo en una parte cada vez más importante de la forma en que Estados Unidos y sus aliados abordan la defensa y la vigilancia.
La pregunta no es si estas tecnologías darán forma al futuro. Ya lo están haciendo. La pregunta es quién puede darles forma y quién decide dónde debe detenerse el poder que crean.





